Una danza que une a todos. Sin distinción de clase, género o procedencia, sin requisitos de habilidad o resistencia y con una única condición: querer formar parte de la catalanidad. Así es la sardana, abierta a todos y para todos, pero profundamente nuestra. Un engranaje perfecto, dispuesto a acoger a quien quiera sumarse.
El elemento principal es la rotllana, es decir, el círculo que forman los bailarines. A partir de ahí, todo fluye de manera armónica hacia un baile que es mucho más que un baile: es todo un género musical, con miles de piezas creadas para ser interpretadas por la cobla, formación tradicional catalana, con dos instrumentos únicos en el mundo, el tible y la tenora.
Cada sardana se divide en largos y cortos. Bajo la apariencia de dos pasos sencillos, se esconde una de sus mayores complejidades: el reparto, el cálculo preciso de los compases y del tempo, imprescindible para terminar todos a la vez, exactamente en el mismo punto y con el mismo pie, sin romper el círculo. Así que sí, conviene tener a punto las matemáticas, porque si no acaba como toca, se considera un fracaso.
Y por si fuera poco, prepárate para un aplec sardanista: no son una o dos bailadas rápidas, sino horas bailando sin parar y con concentración absoluta. Aquí el zumba se queda en anécdota.
Fue un fenómeno, algo realmente rompedor. Con raíces antiguas y en constante evolución, la sardana toma forma en el siglo XIX como el baile de una sociedad moderna emergente. De danza popular en el Empordà, la Selva y el Rosellón, se extendió por toda Cataluña hasta convertirse en un símbolo colectivo, capaz de atravesar momentos históricos complejos y mantenerse viva hasta hoy, cargada de significado e identidad.
Por eso es, por naturaleza, un baile abierto: cualquiera puede sumarse, basta con dar la mano y entrar en el círculo. No hay jerarquías ni roles fijos, solo ganas de formar parte. Así conviven dos maneras de vivirla: la más espontánea, en la plaza, y la más precisa y exigente, en concursos donde el detalle y la técnica se llevan al límite.
Entre tradición y presente, la sardana sigue evolucionando sin perder su sentido original: ser un espacio compartido donde la comunidad se reconoce. Y que, al final, solo pide una cosa: dar la mano y entrar en el círculo. Hacerlo mejor o peor es lo de menos.