Normalmente, cuando se habla del concepto de tradición, se piensa en algo inamovible e inalterado durante generaciones. En el caso de los gigantes y cabezudos, sin embargo, la evolución ha sido algo distinta.
Porque la forma de hacer y vivir la tradición puede variar muchísimo según el lugar. En algunos sitios, gigantes y cabezudos salen y bailan juntos, mientras que en otros lo hacen por separado; hay pasacalles más formales, con bailes y coreografías complejas y preestablecidas, y otros más festivos, con mayor margen para la improvisación y el desenfreno; cada uno con distinto grado de participación popular y músicas propias.
Una misma tradición, muchas maneras de vivirla, casi una por cada pueblo. En Barcelona, prácticamente una por cada barrio, herederas de los antiguos pueblos del Pla, hoy integrados en la ciudad pero con una fuerte personalidad propia.
Si ves dos grandes moles de cartón piedra tambaleándose hacia ti, lo primero que probablemente harás será apartarte y, lo segundo, preguntarte si estás soñando. Pues bien, si eso te pasa en Barcelona tenemos una buena noticia: no estás soñando. Y otra, quizá más sorprendente: te animamos a bailar con ellos.
Porque no se trata de cualquier artefacto. Es un gigante. Figuras monumentales, hechas de madera y cartón piedra, que representan reyes, nobles o personajes ligados a la historia y al imaginario de cada barrio. Se llevan desde dentro, a hombros, y cobran vida al ritmo de grallas y timbales, girando, avanzando y bailando con el público.
Son majestuosos, sinónimo de solemnidad y nobleza, orgullo de cada barrio. En Barcelona hay más de una pareja por barrio, y destacan los más antiguos: los gegants de la Ciutat (con música y baile propios) y los célebres gegants del Pi. Juntos forman una de las parejas de baile más conocidas y antiguas de la ciudad.
En resumen: mejor que les rindas homenaje de la única forma que aceptan. Cantando y bailando con ellos.
Todos lo sabemos: si hablamos de fiesta, no todo puede ser solemnidad, majestuosidad y buenas formas. Una buena fiesta necesita un punto de desmadre, jaleo y la capacidad de reírse de uno mismo.
Y ahí entran los capgrossos, los hermanos más traviesos y satíricos de los gigantes. Figuras más pequeñas, ágiles y desinhibidas, pensadas para jugar, provocar y acercarse al público. A menudo acompañan a los gigantes, pero aquí el protagonismo es otro: la broma, la cercanía, el caos controlado.
Son el pueblo mirándose a sí mismo, sin formalidades ni complejos, con sentido del humor y sin miedo a exagerarse. Un homenaje colectivo a quienes lo forman, de los anónimos a las caras más conocidas.